Lo que no se escucha

Llueve pero no es metáfora,
el día nos cubre con
un cielo impenetrable
en la ciudad más gris
que de costumbre.
En una esquina cualquiera,
una joven pareja intercambia
opiniones que no llego a descifrar.
Pero veo sus posturas,
él agacha la cabeza
y se le nota cierta congoja
en el rostro cubierto por una gorra.
Ella tiene los brazos
apoyados en la cintura
y parece un jarrón
con la cabeza un poco
inclinada hacia la izquierda.
Tal vez las dagas
que en su momento
penetraron las nubes
aterrizaron en lugares estratégicos
para disimular las lágrimas.
Ella lo mira con ojos comprensivos,
pero no es la víctima,
él en cambio está sorprendido.
Quizá ese día compró una caja de bombones
que esperaba darle en el momento oportuno,
o un oso de peluche,
de esos para abrazar.
Pero mira el suelo y parece sordo,
aunque tampoco puedo oír
lo que ella le está diciendo
y que acompaña con movimientos de sus manos.
Es posible que le diga,
que quizá en algún momento
notó que no pertenecían
al mismo mundo.
No lo sé,
pero el argumento sería
que las diferencias entres los dos
no se notan en lo cotidiano,
pero sí a la hora de las grandes decisiones.
Otra opción,
porque pueden ser muchas,
es que ella entendió
al fin que no lo amaba.
No se necesita un suplente
para descubrir que quien tenemos al lado
no es lo que necesitamos,
deseamos
o esperamos.
Él aprieta un poquito los puños,
yo también mientras observo y trato de escuchar,
pero mis obligaciones me impiden permanecer
tan solo un segundo más para ver qué sucedió.