Encuentros imposibles

Adiós para siempre,
la vida sigue. 
¿Pero estás segura
de que eso es así?
Dicen que el tiempo
cura todas las heridas,
pero parece que algunas
han gangrenado
porque siempre vuelves
buscando mi auxilio.
Dijiste que el adiós
era prácticamente
una despedida litúrgica,
pero aquí estás enfrentando tus pecados,
que tienen mi reflejo sonriendo en el espejo.
Entre tus argumentos vivían
los más descarados besos prohibidos,
con lo tentadora que es esa palabra.
Cerraste la puerta,
inclemente
y ahora vacilas 
con la llave en mano.
O mencionas mi nombre
en momentos inesperados
o de necesidad,
para convocarme cual genio de lámpara
que nunca llega.
O me encuentras en los ojos
de esas personas que frecuentas
y no son como yo.
A mí me llegan sólo apócrifos rumores
de que algunos de mis amigos te reciben
e indirectamente te consuelan con mi ausencia.
Pero esa llave en tu mano
te molesta en la conciencia de noche,
o en los días de lluvia.
Te pesa en el pecho
cada vez que te abrazan,
cada vez que te halagan al oído.
Estoy seguro que un día,
de decisión infinita,
volverás a enfrentar
la cerradura que cerraste.
Sólo para descubrir
que me he mudado.