Mintiéndonos

La respuesta era sencilla,
un no evidente que fluiría
de los labios de esa persona
que tantas ilusiones nos ofrecía.
Una causa perdida,
que nos ató durante mucho tiempo
y que debemos abandonar
para no hundirnos con ella.
La confianza en un barco inmortal,
capaz de enfrentar la ira eterna de Dios,
cuando no es más que una cáscara
en el infinito océano.
Pero aceptar la verdad
es también aceptar nuestra derrota,
entender nuestra pequeñez,
nuestra terrible e insignificante soledad.
Entonces aparecen esas alternativas
como mágicas salvaciones
desde un lugar inesperado
de nuestra mente.
Y vemos un sí entre las negativas.
Una victoria más allá de las penurias
y, por supuesto,
la infalible capacidad del ingenio humano.
Pero es tapar el sol con un dedo
y sólo prolongar el sufrimiento.
Lo peor,
es que lo sabemos muy bien,
pero no lo creemos.