La Luna reinaba esa noche. Las estrellas, sus siervas inconscientes, la admiraban desde el resto del firmamento. Bailaban, lentamente, bajo la música cósmica de la galaxia. La Tierra, testigo privilegiado, la observa danzar o quizá, sin ser su propia voluntad, acompaña en movimientos coordinados el espectáculo.
Atmósfera de relajación y reflexión, el cielo era. La indiferencia destruía todo aquello que ame alguna vez. La gravedad, victimario de la desolación presente, presionaba mi pecho contra el suelo, tratando de desgarrar mi corazón que no paraba de latir.
Suave prisión, este cuerpo, de un alma malherida y solitaria. Víctima de un castigo inmerecido y cruel. Condena absurda, tal vez de antiguos crímenes, o error del Juez Supremo…
La Luna y yo nos miramos, en silencio, durante mucho tiempo. No lo soporto más y le pregunto:
-¿Me darás crédito para la próxima vez?

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