La quietud es un estado fenomenal, donde cosas maravillosas pueden suceder. Todo es calma y paz, no hay nada en este lugar que pueda perturbar los sentidos. Quizá, en el fondo sea muy solitario, pero es absolutamente majestuoso y en él está la Verdad.
Sospecho, como tantos otros, que en el inicio todo era así, el estado original, cuando todos éramos uno y uno era nada. Pero en ese momento aparecen, lentamente al principio, rápidamente después, los problemas. Misteriosamente siempre saben dónde estamos. El efecto se pierde y aquello que era hermoso se vuelve horrible, porque ahora estamos solos con nosotros mismos.
Si hemos de temer, por nuestra penosa naturaleza, a lo que no conocemos, el por qué le tememos a enfrentarnos con nosotros mismo me incomoda. Será acaso que sabemos, en lo profundo de nuestro ser, que durante nuestra vida no solo buscamos conocer a los demás sino también a nosotros mismos. Entonces el bello Silencio, se vuelve aborrecible, despreciable porque nos revela que en el fondo lo ignoramos todo, incluso lo más evidente.
Ante la pregunta reflexiva sobre cuánto podemos tolerar en silencio, vislumbro dos variables que pueden afectar a aquellos que sean sometidos. El cuánto se conocen y cuánto pueden estar sin pensar, porque si se piensa ya no hay silencio.
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