Es igual a una sombra que lo oscurece todo. Si nuestra alma es luz, poco a poco pierde su esencia y se convierte en otra cosa, poseída por ese espíritu tenebroso, arrastrándonos lentamente hacia las tinieblas y el fuego. Somos presas, es verdad, pero a veces nosotros mismos la buscamos, sedientos, cual hombre que vaga perdido en el desierto en busca de un sorbo de agua para poder sobrevivir, para despertar al día siguiente.
Probable es que seres más desarrollados no posean este tipo de sentimiento que ciega, incluso, las mentas brillantes de nuestra especie. Nos vuelve animales, con la necesidad de satisfacer un deseo bárbaro: la venganza. La posibilidad de escapar es casi nula, porque nuestras limitaciones son casi infinitas, pero si lo meditamos comprenderemos que después de la tormenta suele salir el Sol.

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