Todos los hombres
tienen una tendencia
inconsciente
a la fantasía.
Tejen en su mente
sueños irrealizables
por el solo hecho
de tener algo en qué pensar.
De esto no puedo escaparme,
he dado pruebas
irrefutables
al respecto.
Pero siempre intento,
aunque cueste,
comprender el límite
de mis propios pensamientos.
No porque no pueda
pensar el infinito,
sino sobre saber
que mis piernas
no son capaces
de recorrerlo.
Tampoco podré ver
la última gota de la clepsidra,
u oír el tercer canto del gallo.
Encontrar en algún lado al Mesías,
o hablar con aquellas estrellas
que se perdieron antes de mi nacimiento.
Pero aún peor es ver
como aquello que quiero
y querré,
lo que creé
o crearé
morirá con el día,
al igual que todo lo que detesto.
El peor castigo
y mayor consuelo racional
es entender que nada es eterno.
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