Las gotas de rocío
se transmutan en escarcha
y el viento
deja de ser caricia
para ser puñal.
El aire gélido
se convierte en un velo
ante la vida,
el sol vive en otras latitudes.
Los pulmones se hinchan
y parecen quebrarse
como el vidrio de la botella
que se cae.
Cuando parece que nada va a romper
esa coraza helada que nos recubre,
no solo el cuerpo,
sino también el corazón,
el tacto de un dedo familiar
termina el hechizo.
El torrente de sangre se deshiela
y los músculos se reaniman
después del aletargamiento.
Una caricia
es acercarse a la primavera
y un beso por asalto
volver a los días de verano.
Cualquier esquina
es un refugio para amar
y cualquier plaza
un bello sitio para abrasarse.
Qué importan los testigos,
los protocolos,
esa extraña necesidad
que a veces existe
de querer actuar
como les agrada a los demás.
No es de extrañar
que en la mirada de los alarmados,
se desprecie el invierno
más por la soledad
que por el frío.
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