Amo a Irene
y saber que ella
es acariciada por la lluvia
que me acaricia a mí,
me conforta
pese a no ser
el que la acompaña.
Pero quien me escribe
la aborrece,
porque representa
todo lo que perdió.
Siente cierto aprecio por Olivia,
pero nunca será capaz de amarla
porque es un hombre de pasiones
y su tibieza lo desalienta.
Supongo que a mí
también me desprecia
y ha tratado de destruirme
más de una vez.
Sin embargo,
en algunos días
de particular nostalgia,
se toma la molestia
de dialogar conmigo.
En una de sus reflexiones
me dijo que yo era
como el elefante atado
en una pequeña estaca.
Cuando tienen poco tiempo de vida
se los ata y luchan
hasta perder sus fuerzas.
De grandes,
recordando el suplicio
que les causó aquella batalla
no vuelven a intentar librarse.
Y resaltó que,
a diferencia de los elefantes,
nosotros sí podemos superar el pasado
y cortar la soga o arrancar la estaca.
Al principio
nos sentiremos mareados
y tal vez perdidos,
pero por un lapso muy breve.
Será,
según él,
un periodo de miedo
que se superará con razón
o con fe.
Hoy,
que llueve,
pienso en sus palabras.
Es posible
que sean demasiado buenas

para alguien que me odia.
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