Una de las sirenas del mar

En su sabiduría,
Odiseo se ató a un mástil
para poder escuchar
el canto seductor de las sirenas.

No sin antes cubrir
los oídos de los demás tripulantes,
para que el hechizo
no cayera sobre ellos.

Es cierto,
la belleza de sus voces
y el encanto de lo superficial
era cautivante.

Las rocas están
como sus defectos,
escondidos bajo el espejo de agua
que al principio solo duplica lo perfecto.

El camino
hoy me depara
un final tortuoso
pero no inesperado.

Si en algún momento
me resistí a las tentaciones,
los esfuerzos fueron mínimos
y todos los intentos vanos.

Conozco los secretos
que me deparan las sombras
de las melodías.

Sé qué destino
se presenta ante mí
como un castigo
pero también como una liberación.

Son mis alas las de Ícaro,
que decide acercarse al sol
más que nadie
y morir.

Es mi cuerpo el del Minotauro,
que se ofrenda
a la espada de Teseo.

Es mi pluma la del poeta,
que retrata a una musa
que no le corresponde.

Ya se escuchan
algunos tonos a la distancia,
el viento infla las velas,
los condenados cerramos los ojos.