Era cierto,
las piernas me pesaban,
me sentía descalzo
y transitaba un camino de ripio.

Todo se movía
a máxima velocidad
o en cambio
yo estaba viviendo
en cámara lenta.

La lluvia derretía los árboles
y los transmutaba
en una exteriorización
de mis sentimientos.

Cuando con la cabeza gacha
mis rodillas estaban por ceder
ante la gravedad,
ella llegó.

Con esa costumbre
de ver salir el sol
cuando la tormenta
recién comienza.

Tomó mi rostro entre sus manos,
acercó su boca a la mía
y me dijo casi en un susurro
que nunca nadie pierde.

Porque pese a ser derrotados,
el cambio nos da nuevas fortalezas,
nuevas esperanzas
y nuevos poemas.

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