Después de cientos de años,
o quizá tras el paso de un solo día,
ahí estaba sin metáforas,
Irene.

Mis ojos se mostraron incrédulos
en primer lugar
y casi pasan de su presencia
de tan acostumbrados a imaginarla.

Me saludó cordial,
como quien saluda a un vecino
y comenzó a enumerar sus efemérides
del tiempo sin vernos.

En mi posición,
dado que no soy de hablar,
me mantuve taciturno,
como siempre.

Ella contó una serie de victorias
sistemáticas y precisas,
deslizo alguna perdida derrota
pero siempre sonriendo.

En un momento se aburrió
y me invitó a caminar,
pero aunque traté de seguirla,
no lo pude lograr
porque sin darme cuenta
una cadena me había aprisionado la pierna.

Al parecer,
ella no notó mi situación
y comenzó a caminar
y a hablar.

En el aire
se fueron perdiendo
cada una de sus palabras,
mientras simplemente la miraba.

“Entendés, Christó
-dije más que resignado-
porqué siempre seré su esclavo?”.

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