Las hojas del árbol
me protegían del sol
y sus piernas
me servían de almohada.
Irene me miraba dubitativa,
porque tenía algo para decir,
pero no se animaba.
El césped danzaba lentamente
al son del viento tranquilo,
que también perturbaba levemente
nuestros cabellos.
Toqué la tierra por un instante,
esperando escuchar la música
que a veces liberan sus labios.
Acaricié al mundo,
como pude hacerlo en el pasado
con su dulce piel.
Mis ojos cayeron en un sueño profundo,
siguiendo el consejo del árabe
de apreciar la belleza del silencio.
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