Con horror noté
que el autómata
se apoderaba de mi vida.
No lo liberé,
ni lo extrañaba,
pero fui débil
una vez más
y él aprendió de sus errores.
Al principio
me alegró verlo de nuevo,
tras años de ausencia
en el desván.
Pero siempre tuvo una coraza
que lo mantiene inexpresivo,
como un escudo.
Y frío como el hielo.
Pensar que nació como un amigo,
o un sustituto,
para todo aquello
que yo no quisiera hacer.
Entonces,
cuando parecía incontrolable,
llegó mi Teseo
que me quitó de ese laberinto.
Pero,
al igual que a Ariadna,
fui abandonado en una isla desierta
y me convertí en campo fértil
para el regreso de mi creación.
¿Quién camina ahora,
él o yo?
¿Quién escribe estas líneas?
Aunque como siempre
la pregunta más importante
es otra.
¿Quién era yo,
un rehén
o el Minotauro?
Pasarán los días desde hoy
y la llama del poeta
desaparecerá lentamente,
tal vez sea una bendición.
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