En una celda de mi dominio,
el polvo en suspensión
tras vastos periodos de tiempo
ha decidido radicarse en ciertos objetos.
Más que una celda,
es una suerte de bóveda precaria
donde residen los pocos
tesoros materiales que poseo.
Y no son de gran valor.
Un par de libros,
una o dos lapiceras que aprecio.
Un par de cuchillos que me gustan
y promesas de un futuro que no fue.
Son esas memorias físicas
las que suelen llenarse
de más cantidad de polvo.
Las pocas veces que las visito,
porque debo cambiar los libros
de mi lectura nocturna
con regularidad,
apenas si puedo mirarlos.
No puedo dejar
de notar la similitud
que tienen con la memoria humana.
¿Seremos en algún momento un mueble
que aunque se resista a desaparecer
no puede evitar llenarse de polvo?
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