El desconocido

El calor agobia a los transeúntes
como a los tripulantes del colectivo
en el que me toca viajar.
Se mece como los brazos de una madre
provocando el sueño de más de uno,
en los que me incluyo.
Un joven,
de mi misma edad,
se sube cabizbajo,
llamando mi atención al instante.
Algo en sus ojos se me hace conocido,
no lo entiendo,
pero lo conozco
y ya no puedo dejar
de intentar saber qué.
Camina muy despacio,
incluso parece no percibir
que el vehículo está en movimiento
y que una anciana distraída
casi lo choca, dos veces.
Solo camina,
por el pasillo largo y abarrotado,
mirando los cordones de sus zapatillas.
Yo lo miro, ya sin vergüenza,
la curiosidad me supera,
me trasciende hasta un punto
inimaginable.
Se detiene al costado de un asiento
y sigue observando el metálico y gris suelo.
¿Qué es capaz de lograr esa mirada?
Mezcla de tristeza y nostalgia.
Algún familiar
en una situación terminal,
es una fuerte posibilidad.
Comprender que no somos
más que un mísero número
que compone un sistema
llamado sociedad
y que sin nosotros
el mundo no se frenaría.
O, tal vez…
sí, es posible
que ese día de calor,
para él sea de un frío absoluto
en lo profundo de su alma.
Quizá viene de un lugar
paisajísticamente ambientado,
agradable a la vista
y en el cual se puede
pasar mucho tiempo.
Pero para él
ese lugar es ahora el reflejo
de algo que lo conmociona
y le impide levantar la mirada.
Puede que en ese lugar entendiera
lo finito que pueden ser las cosas
y lo fácil que se puede quebrar un corazón.
Es posible
que mientras caminaba
alguien le dijera
que la aventura de estar juntos
había dejado de ser una aventura
para convertirse en una tortura.
No es de extrañar
que el cielo en tal caso
se transmute
y lo que antes pudo tener sentido
ya no lo tenga.
Él llega a destino
y a mí me queda un trecho más,
no sé qué hay de malo
y siempre me quedaré con la duda.
Aunque esa mirada
no deja muchas posibilidades
y todas son, necesariamente,
negativas.