Tu corazón me enamoro, al menos durante dos o tres minutos, quizá menos. Te vi ayudar a los demás y alguna extraña fibra de mi alma se conmovió y yo te ame. No sé tu nombre, tu edad o el lugar dónde habitas, pero si supe que te amaba. Desconozco si me viste o no, mi actitud fue pasiva, nada de mi enamora así. Pero sonreíste.
Miré para otro lado, porque no pude soportar la visión. Es imposible para alguien que no cree en la Virgen, o siquiera en algún Ente. Pero allí estabas tú y yo te ame. Luego te perdí y seguramente no te volveré a ver.
Tu imagen estuvo en mi retina una fracción de segundo luego de que te desvanecieras. Algo se rompió en ese instante y de seguro fue la fibra intima de mi alma que no conocía. Como todo, lo entendí tarde, cuando te describía en el papel. Te ame, durante tres minutos y te perdí, porque pasabas.
Dudo que haya un mes, durante el resto de mi vida, en el que siquiera piense una vez en ti. Me gustaría sentir que de aquí en adelante pensarás en mí, aunque conozco la imposibilidad de mi utopía. Al menos, como consuelo, tengo a la chica que vive en este texto y a la luna que me mira con su rostro de queso.

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