Las vertientes en el río de tu sueño me dicen que estoy despierto, pues sólo me humedecen los pies la humedad del tiempo. Narro, entonces, un cuento y me divierto pensando cómo el traductor trasmutará mi relato.
Al final de la batalla, extraña pantalla de ilusiones que esconde ambiciones, tan sólo sobrevivieron dos soldados. Como por aquella época los enemigos no tenían nombres ni símbolos, sólo designios que pudieran identificarlos, los hombres se encontraron frente a frente, bajo el yugo de la agonía, ahora común, de no saber si enfrente tenían a un amigo.
Se analizaron por un largo rato, sin animarse a atacar, pues no querían cometer un error fatal. Al fin y al cabo, uno preguntó qué lo había llevado a la guerra y el otro le respondió que los abusos y la corrupción de los líderes del otro bando. Al confirmar con seguridad que poseían el mismo ideal, se libraron de las armas y marcharon como hermanos, desconociendo hasta el final que hacía un momento estaban enfrentados.

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