Damita, un verso invoca tu nombre, pero me está prohibido escandirlo. No hay rencores en tu ingenua inocencia que empaña mis sentidos y me impulsa a la más sincera admiración.
Tus sombras y tus miedos son el silencio constante que el mundo te dedica, pues te siente y te entiende como a un ente extraño, ajeno, distante.
Tus prodigios son, en cambio, alabados por aquellos que te temen. Temor que justifica el desconocimiento, la ignorancia y todas las demás cosas que acompañan a la duda. No me abandones, Damita. Si aquello que digo no es suficiente; si las palabras que escribo no alcanzan para complementar mi tibia existencia; si no me encuentras en la canción que canta el piano; o si crees que el confuso verde de mis ojos no te refleja, dame otra oportunidad de pecar y en un acto sacrílego intentar demostrarte que te equivocas.

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