Tal vez no soñarte,
no esperar verte bajo el sol de la mañana,
no intentar evocar tu sonrisa en cada paso
haya sido el comienzo de mi desgracia.
El amor nos encuentra,
dicen como un susurro,
aquellos que agraciados o desgraciados
se han topado con él
en los recónditos pasajes de la vida.
Como un santo y seña
apareciste y te fuiste,
efímera estrella.
O te arrebataron de mis manos,
a la distancia ese detalle
no importa.
Y yo quedé, como tantos otros,
con ese sabor amargo que deja lo perdido.
Con esas sombras de recuerdos hace tiempo fallecidos,
con los fantasmas de niños que no han nacido.
Trate, sin mucho éxito,
de revivirte en cada verso,
dibujar la silueta de tus ojos
en cada papel.
Entonces,
en la vasta agonía de la desesperación
emprendí un viaje, casi eterno,
cual cruzado,
en busca de mi Tierra Santa.
Eso hice,
busqué algo que supuestamente nos encuentra,
la quimera perfecta,
el mayor invento del hombre.
Se dice,
y espero que sea verídico,
que un día el Señor nos llamara
a alquimistas y poetas
a beber con Él en su mesa.
“Acaso lo que digo no es verdadero;
ojalá sea profético”.
Suenan a lo lejos
las campanas del tiempo.
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