“Que el cielo exista,
aunque nuestro lugar sea el infierno”. 
Dijo el maestro, para consolarnos
y consolarse.
Tantas tristezas guarda el mundo,
tantas agonías que
a veces se hace difícil enfrentarlas.
El cielo, el paraíso, puede estar escondido
en la última gota de la clepsidra,
o en el vagón de un tren a un destino lejano
o en la sonrisa de una amiga
que trae una buena noticia.
En el misterio sagrado
que encierra este orbe que es
nuestro planeta
o en la sombra de una figura pasajera.
Pero nos espera el infierno,
o sea el sufrimiento y la mediocridad.
El precio de vivir y sentir
que la vida no es más que una jaula pasajera.
La esperanza que tenemos, la única,
es tratar de conseguir una salvación
utópica e imaginaria
que nos libre un momento de nuestros pesares.
Y el cielo existe, está entre tus brazos…
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