En el crepúsculo
ensayé algunas fórmulas
para describir
lo que puede ser
la historia de cualquiera.

Dije
(porque pensé en voz alta)
que la copa terminó
por desangrarse
tras tantas caídas.

Dije
(mirando al cielo como me gusta)
que las nubes cubrieron
hasta el último rayo de sol
y parece que va a llover.

Dije que las habitaciones
ahora son más espaciosas
y que sobran el aire
y la tristeza.

Dije que se marchitaron
cada una de las esperanzas
que plantamos en un jardín
que olvidamos hace tiempo.

Dije que sentí la daga de Bruto
en el pecho de Julio César,
mientras éste decía
“Tu quoque, Brute, fili mi?”.

Dije que nuestro hilo,
el que nos permitía
salir del laberinto,
no era de oro.

Dije que quedé solo
en el laberinto,
desarmado y sintiendo
una respiración de bufidos.

Dije que toda despedida
tiene algo de bienvenida,
aunque hoy no sepamos qué.

Repetí que no sabía qué.
(Aún no lo sé).

Dije que eras mi lugar
en el paraíso
y ahora todo es el paraíso,
porque está perdido.

Dije que eras el Sol,
tentando a Ícaro,
que advertido se dejó llevar.

Cuando me cansé,
ya no era el crepúsculo
ni la historia de cualquiera.

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