Yace en un colchón de arena,
sintiendo con desdén
las caricias del mar y el sol.

Entre sus dedos discurre
un tiempo sin forma,
porque se sospecha inmortal.

Sin corona es reina
de todos los que la rodean,
pero su reinado
ya no la conforma.

Marina mira el horizonte
y no se sorprende de su inmensidad,
está ocupada en una serie de pensamientos.

Se pierde en sueños
de mundos que no existen
o que tal vez solo sospecha.

Piensa en un par de objetos
que marcaron nuestra historia,
Piensa en las murallas de Constantinopla.

Se pregunta
por el peso de una rosa
en diferentes lugares del planeta
o del universo.

Susurra el nombre
de una espada,
cada tanto,
como un talismán
ante los temores.

Marina se sabe pensada
y ella también piensa.

Pero se le escapa
el nombre del poeta
que se transforma
en otro anónimo.

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