Ella dibujaba
sonrisas en un papel
para escapar de la realidad.

Yo le daba la espalda
sentado en un sillón
y observaba la ventana
casi sin reconocerla.

Una gota de rocío
escapaba de la congelación
y discurría en el vidrio empañado.

El sonido del lápiz
desgarrando la hoja
servía de banda sonora.

Cada tanto su respiración cambiaba,
parecía que su corazón iba a saltar
y golpearme
o amarme,
algo intenso,
pero luego volvía el corte
del lápiz al papel.

Un diente,
unos labios
contundentes y carnosos,
un tipo feliz.

Entrecerré los ojos
y traté de imaginar
las palabras que romperían
el velo que nos separaba.

Los abrí al segundo,
pero ella ya no estaba.

No había lápiz
ni hoja,
mesa
o sillas.

Otra gota
viajaba solitaria
en la ventana,
pero era de una lluvia pasajera.

El tiempo me jugó una mala pasada,
me hizo viajar en un segundo
casi una decena de años.

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