Ella me cantaba
canciones para dormir
mientras su público era
poco más que mi espalda.

Le cantaba a un público
que de todas maneras
no podía ver,
porque el alma no tiene color o forma.

A lo lejos sonaba
algún difuso oso musical
de mi infancia
o aquella sonata rusa que me describe.

La congoja se dibujaba
en mis ojos velados
con las siluetas de las derrotas
o esas confusas victorias.

El tarareo involuntario
de esos versos que son
mis tortuosos amuletos
y que escapan de lo que cuento.

Me gusta pensar que ella
se despidió esa noche
con un beso de buenas noches
que no recuerdo.

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