Se deslizan sus dedos
en su cabello,
encuentra algún vago consuelo
en su reflejo
y sonríe.
No se percata
de mi existencia
mientras su mirada se pierde
en los árboles que asoman
por la ventana.
El anonimato
del último asiento
tiene la ventaja
de la visión cuasi científica,
de ambiente natural.
Desisto rápidamente
del ejercicio intelectual
de adivinar qué piensa
o a dónde va.
Y aunque parezca irónico,
esta vez no me dejo atrapar
por la curiosidad.
Pese a que en uno de sus brazos,
un conjunto de estrellas se entrelazan
y forman caminos, muros, senderos ocultos…
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