Cuando algo comienza,
independientemente de lo que sea,
la mitad de las posibilidades, al menos,
está en contra de su realización.

Algunas, incluso,
están desde el inicio
destinadas a terminar.
Como los sueños,
la vida,
y esa extravagante melodía
que tiene armonía solo
cuando nadie la escucha.

Ayer el amor
se nos escapó de las manos
para corretear libremente
en nuevos campos fértiles.

Tendrás en breve
nuevos compañeros
que endulzaran tus oídos
y tus labios.

Habrá,
quizá y con suerte,
nuevos balcones bajo la luna
que albergarán
mis renovadas esperanzas.

El pasado es esa nostalgia,
ese recuerdo difuso
y a veces mentiroso,
que nos acompaña y define,
pero que hemos perdido
y por eso es nuestro.

El futuro es insalvable,
utópico y falaz,
un tiempo en el que
nunca vamos a vivir realmente,
más allá de que lo añoremos
o imaginemos que va a manifestarse
como queremos.

Pero el humilde presente,
el hoy, lo único palpable,
no nos enfrenta,
no nos cruza,
el pobre no nos ha entendido.

Un abismo crece entre
las preguntas que nos hicimos
y las respuestas que no nos dimos.
Suenan las campanas
de un reloj que no vemos.

Adiós Marina,
éstas son mis sencillas
palabras de despedida.

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