El cielo gris anuncia la inminente llegada de la tormenta. Las flores hace tiempo la esperan, pues estamos en la puerta de la primavera; pero no mis flores, su cielo es oscuro y no hay sol para ellas. Puede que su consuelo esté en el cantar de alguna lejana ave, o en el brillo tenue de mi estrella, o el ya gastado recuerdo de un beso nocturno que me ahoga durante el día.
Cierta soberbia se vislumbra, de algún irónico modo, en la altiva mirada de mis rosas. El clima les es adverso, no hay humedad en el aire, no tienen luz para crecer y sospecho que el suelo les prohíbe la fertilidad. Pero aún así se niegan a ceder vida, a dejar de sonreír, de apuntar a un sitio que no conozco, de esperar que el día de mañana sea mejor.
Creo, y no temo equivocarme, que ellas no esperan nada sino el que espera soy yo.

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